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Sobre el movimiento ¡En Pié! y la resistencia pacífica (y II)

En la  Parte I de este artículo ejemplificaba la futilidad e ineficacia de las actitudes de oposición-sumisión en el ejemplo de las actitudes de maltrato en la pareja. Nos resta plantear una alternativa más eficiente, contrastada así por el conocimiento vigente de las dinámicas psicológicas y relacionales.

Por ejemplo, al recibir comentarios irrespetuosos, la mujer podría utilizar en respuesta un tono por completo neutro y así escrupulosamente respetuoso con su marido (no opositor), para expresar de manera firme y tranquila el propósito real de salir de ese lugar rápidamente en caso de volver a recibir un grito (no sumiso). Esta posición disruptiva (más que opositora o sumisa), que más bien resume una estrategia coherente de disidencia del sistema de relación coactiva, es lo más poderoso para “desarmar” las maneras coactivas del marido y modificar poderosamente la relación, y ejemplifica también el importante nivel de ecuanimidad y madurez mental que exige poner adecuadamente en marcha una actitud así.

Esta nueva estrategia sugerida en el ejemplo nos sirve para ilustrar el poder de la llamada “resistencia o insurrección pacífica”, que constituye, en definitiva, una manera coherentemente respetuosa, y por ello necesariamente pacifista, de confrontar un acto coactivo, pero a la vez profundamente firme y persistente. La distinción que se realiza a menudo entre actitudes pacíficas y pacifistas es falaz, pues toda actitud pacífica es necesariamente pacifista, o no es realmente pacífica.

El ejemplo a menudo aludido de la marcha de la sal que promovió y dirigió Gandhi ante el control de este bien por el imperio británico es un buen ejemplo histórico de ello: aunque los hindúes eran golpeados por el ejército británico no levantaron ni una mano, pero seguían avanzando fila tras fila sin optar por la retirada ni la sumisión. Una actitud así, relatividad moral al margen, es de hecho mucho más efectiva que una postura de defensa ante la agresión, puesto que “desarma” psicológicamente y desacredita de forma poderosa a la fuerza coactiva o invasora. Su poder estriba básicamente en dos elementos, que seguramente no se reúnen en este momento ni en esta cultura:

en la comprensión de que ejercer una resistencia igualmente violenta, con independencia de quién ha empezado y quién sigue, o de la legitimidad de unos argumentos o de otros (esto lleva a una discusión inacabable), sólo mantiene vivo el patrón conflictivo y ofrece justificación y “combustible” a la fuerza opuesta, y

en la unión de un número ingente de personas capaces de persistir en un acto así, y dejarse golpear sin detenerse en su camino ni alzar la voz por ello.

Ya no se trata de la justicia de lo que se pide, sino de cómo se pide. Hacer caceroladas reivindicativas para exigir a los políticos una gobernación decente, no funcionaría en absoluto (si lo evaluamos en un periodo amplio) si quienes reclaman no están en verdad dispuestos y capacitados para llevar una vida decente. Aquí reside la gran dificultad. Por eso, el comportamiento de un líder como Gandhi se pone a menudo como ejemplo a seguir: una reivindicación pacífica, respetuosa y constante desde la profunda coherencia personal con lo reivindicado. El problema es que se suele eludir cómodamente el fuerte trabajo interior que conformaba a una persona como Gandhi, y por eso su ejemplo es mucho más referido que practicado.

La transformación interior y maduración personal de un número muy amplio de individuos es un proceso ineludible para movilizar cambios efectivos y, sobre todo, coherentes y duraderos hacia un modelo de civilización significativamente diferente.

Sobre el movimiento ¡En Pié! y la resistencia pacífica (I)

Este artículo (en su parte I y parte II) tiene el propósito de complementar el anteriormente publicado por mi compañero Antonio Ángel Pérez Ballester titulado “Sobre la convocatoria de ocupar el Congreso”. Con ello dejamos constancia de la diversidad de visiones que tienen cabida dentro de un movimiento como ReGenera, que no pretende establecer ninguna doctrina oficial ni disciplina de opinión, sino avanzar, construir y debatir respetuosamente en torno a un manifiesto nuclear común. Las apreciaciones centrales de fondo entre ambos artículos son, por ello, plenamente compartidas.

Para evitar una extensión excesiva diré que comparto casi plenamente los argumentos y apreciaciones realizados públicamente por la plataforma ¡En Pié! para la ocupación a partir del 25S de los aledaños del Congreso, y por esos mismos argumentos puedo encontrar legítima, en su esencia, una acción tan contundente como la que plantea. Sin embargo, me he tomado la molestia de leer todos los resúmenes publicados de las reuniones en las que se ha gestado y definido la acción, y un único pero trascendental elemento me lleva a no estar en disposición de suscribirla en los términos específicamente planteados: La ocupación se define como una acción pacífica pero no necesariamente pacifista, en tanto que se deja explícitamente al albedrío de los manifestantes el tipo de respuesta que pudiera darse a los actos de coacción y violencia que pudieran venir por parte de las fuerzas policiales (si bien se conmina a que nunca se inicie la acción violenta).

En el contexto de los planteamientos señalados, concuerdo con Antonio A. Pérez en que los brotes de violencia están asegurados, y con ello la desacreditación e ineficacia del movimiento. Por este único pero trascendental motivo, acuerdo en que el propósito perseguido es una quimera, pero no tendría por qué serlo si se estableciera en la forma y con la madurez adecuada. Expresado de un modo diferente, que señalaré a continuación, el reclamo persistente de una democracia más directa y participativa (y por tanto real) es una condición fundamental para que otros cambios en el orden de la empresa, la educación, el consumo, etc. puedan adquirir una dimensión verdaderamente transformadora. La gobernación política es la que tiene que regular, limitar, potenciar o encauzar todas estas dinámicas, pues de lo contrario, todos los esfuerzos loables de transformación del emprendedurismo social pueden quedar constantemente minimizados o ahogados. Entiendo por ello que la legítima exigencia de una situación de verdadera democracia (y no la actual situación de sólo algún paso anterior a la dictadura), es un requerimiento central y previo para posibilitar el impacto adecuado de otros cambios emprendidos desde la base social.

Vayamos ahora a la actitud y a la estrategia, para lo cual hago a continuación una semi-extracción del nuevo libro que estoy preparando (El mundo necesita terapia. Aproximación de un psicoterapeuta), que en inciertas fechas venideras podrá ser descargado a través de www.regeneraconsciencia.org:

Un elemento omnipresente en cuanto a nutrir los sistemas disfuncionales consiste en aplicar medidas correctoras que se mantienen, al fin y al cabo, dentro del mismo paradigma problemático de funcionamiento. Como ejemplo revelador podemos considerar el caso de una mujer que se defiende acaloradamente de las agresiones verbales y faltas de respeto que recibe de su marido, con el propósito de exigir un trato mejor. En este caso, la persona que se defiende no se percata de que, con total independencia de los argumentos confrontados, está exigiendo respeto de forma similarmente irrespetuosa (gritos, amenazas, tono defensivo…), lo cual en realidad está nutriendo el comportamiento de su marido.

Otra solución fallida que podría causar un nivel de maltrato peor sería establecer una conducta complementaria, en este caso de sumisión, para evitar las recriminaciones, puesto que los comportamientos de sumisión también tenderían a propiciar el maltrato del marido. En casos así, sería una estrategia mucho más eficiente mostrar un comportamiento no complementario ni opositor (puesto que ambas estrategias son estructuralmente similares, aunque aparentemente opuestas), sino una estrategia nueva, disruptiva, que saliera por completo de tal estructura oposición-sumisión.

Continuará…