La economía circular: una revolución inspirada en la naturaleza

Imaginemos ciudades, donde los residuos se conviertan en valiosos recursos. Pensemos en productos que nos proporcionen múltiples beneficios, a través de su diseño inteligente. Ahora, pensemos en un mundo que, además, estuviera alimentado por energías renovables y recursos locales. Pues ahora salgamos al espacio natural más cercano (si no, pensemos en alguno que nos resulte familiar) y analicemos su funcionamiento. De manera sencilla, veremos que las cualidades que tanto deseamos para nuestra economía se dan de manera cotidiana en la naturaleza. Es más, estos patrones han funcionado armoniosamente durante 3.800 millones de años, edad aproximada de la vida en la Tierra, dando lugar a la abundancia y diversidad que observamos en la naturaleza.

En cambio, los humanos hemos adoptado un modelo económico lineal – producir, usar y tirar -, el cual conduce inexorablemente a un agotamiento progresivo de los recursos naturales y a la acumulación de residuos tóxicos en la biosfera, comprometiendo la viabilidad de nuestra sociedad a medio o largo plazo.

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Como soluciones a ambos problemas, surgieron conocidos remedios como el desarrollo sostenible o la regla de las 3 erres (3R, Reducir, Reutilizar y Reciclar), que se han incorporado a nuestras legislaciones para regular los estándares de contaminación y favorecer la recogida selectiva de residuos industriales y urbanos. Sin embargo, estas alternativas no se han mostrado eficaces y la crisis ambiental se agrava con el paso del tiempo. Permitidme un ejemplo: según datos de Ford, para fabricar un coche de 1.500 kg se necesitan 25.000 kg de materias primas. Desgraciadamente, desarrollo sostenible y 3R son propuestas que siguen ancladas en el viejo paradigma de economía lineal que asume como inevitable la producción de residuos, sólo que, en estos casos, a un ritmo menor: ganamos tiempo, pero el problema persiste. Por otra parte, las empresas perciben estas medidas como un aumento de sus costes y los consumidores no disponen de la información adecuada que les ayude a elegir los productos en función de su impacto en la naturaleza. Esta situación se agrava aún más en economías capitalistas globalizadas orientadas a maximizar beneficios y a deslocalizar producción y contaminación a países con marcos legislativos más permisivos.

En los últimos años, varias iniciativas han dado forma a lo que hoy conocemos como economía circular. El arquitecto norteamericano Bill McDonough y el químico alemán Michael Braungart publicaron en 2003 una obra clave titulada De la cuna a la cuna: rediseñando la forma en que hacemos las cosas, que ha sido catalogada como la próxima revolución industrial. En esta obra se desarrollan los principios para optimizar el diseño y la producción a nivel arquitectónico e industrial. También han desarrollado la certificación C2C (acrónimo de Cradle to Cradle, de la Cuna a la Cuna en inglés) que evalúa en qué grado el producto ha sido creado conforme a los estándares circulares. En 2010 nace la Fundación Ellen MacArthur cuyo objetivo es hacer una transición hacia una economía circular, trabajando con expertos, educadores y empresas. Su primer informe, publicado en 2012, concluye que una transición hacia la economía circular ahorraría unos 650.000 millones de euros de aquí al 2025 en el sector europeo de manufactura.

La economía circular pretende crear ciclos cerrados de materiales para reducir progresivamente la extracción de recursos naturales, usando energías renovables y recursos progresivamente más locales. Los productos están pensados para ser desensamblados al final de su vida útil y recuperar los valiosos materiales que los componen según dos tipos generales:

  • Nutrientes biológicos: sustancias biodegradables que, tras su procesado industrial, pueden ser usadas como abono.
  • Nutrientes técnicos: sustancias no biodegradables, normalmente aleaciones o polímeros, que están pensadas para ser usadas de manera modular e indefinida, y que pueden ser ensambladas y desensambladas usando cantidades muy bajas de energía.

Existen varios ejemplos que han demostrado la viabilidad económica de negocios circulares a distintas escalas. Uno de ellos lo protagoniza la firma alemana PUMA, que ha lanzado una nueva colección ropa con el certificado de la Cuna a la Cuna (C2C). Para fabricar esta línea, utilizan polímeros biodegradables, algodón ecológico y poliéster reciclado, lo que les permite reducir al máximo el uso de sustancias tóxicas, fertilizantes y pesticidas. La PUMA track jacket está hecha en un 98% a partir de botellas PET recicladas. Cuando esta chaqueta se rompa o deje de ser útil se podrá transformar, de forma barata, en poliéster granulado que servirá para hacer chaquetas o cualquier otro material útil. Esta colección también incluye zapatillas biodegradables o mochilas hechas de materiales reutilizables. Dentro de esta campaña, se ha incluido la distribución de contenedores en tiendas para que los clientes dejen su ropa deportiva usada para que pueda ser reutilizada para crear ropa nueva, reducir costes y eliminar contaminación.

La economía circular está revolucionando el mundo desde el caviar a partir de cartón usado, pasando por restaurantes o tiendas que producen su propia comida a partir de los residuos urbanos, multinacionales como Ford, Nike o Puma, o incluso a nivel de estado, como el caso de las Ecociudades chinas. Es el momento de rediseñar nuestro futuro. Es el momento de cambiar la manera en que producimos, aprendiendo de la naturaleza a optimizar y a propiciar la vida y la armonía.

Cayetano Gutiérrez Cánovas es investigador en el grupo de Ecología Acuática (UMU) y participa en programas de educación a través de la naturaleza.

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