Atracción por el liderazgo carismático

(Este artículo es un extracto de libro de próxima publicación “El Mundo Necesita Terapia”)

Los humanos mostramos una inclinación por aquellos métodos, comportamientos y consejos de congéneres respetables y de alto rango, los cuales apenas cuestionamos. Esta tendencia aparentemente innata conduce a las personas a adoptar las técnicas y los modelos transmitidos por vía cultural, aunque no entiendan en absoluto sus fundamentos (Grüter, 2013). Aunque este aprendizaje por conformidad e imitación ha aportado indudables ventajas evolutivas a nuestra especie, constituye también una limitación en muchos sentidos. La naturaleza fuertemente emocional del ser humano lo hace propicio para depositar su confianza en el liderazgo carismático, mucho más que en el liderazgo racional basado en la capacidad y conocimiento objetivos. Superar esta limitación implica de nuevo una maduración personal individuo a individuo. El carisma del líder (político, social, religioso o de cualquier tipo) viene dado por aspectos que estimulan la dimensión emocional de las personas (sus deseos e ilusiones, la necesidad profunda de seguridad, las fantasías y reafirmaciones de su ego…),  y ello se asocia, bastante más que al “contenido” objetivo del líder (sus argumentos, sus capacidad, su conocimiento), a sus aspectos formales, los cuales son por completo independientes de la calidad de su contenido (su aspecto físico, el éxito que representa, la calidad formal y emocional de su oratoria, su capacidad para activar resortes emocionales como miedos y esperanzas de los liderados…). En este sentido, el liderazgo carismático tiene más poder sobre las personas en tanto en cuanto estas personas tienen un nivel de madurez más bajo, de libertad mental, equilibrio interior y autoconocimiento más precarios.

Es de todos conocida la tendencia de la población adolescente a seguir de forma ciega a líderes sociales como cantantes, deportistas o actores, ante lo cual, a menudo los adultos nos mostramos jocosos. Pero con una estructura similar, más allá de la adolescencia las personas pueden seguir con igual ceguera a los líderes políticos, económicos, culturales o religiosos. La evolución de la edad en este caso no implica maduración real, puesto que no cambia mucho la estructura del liderazgo dominante, sino sólo el ámbito de la vida al que se refiere. Una vez más, meras reformas que no tocan de forma esencial la estructura.

Incluso las personas más inteligentes y formadas en términos de erudición, por su falta de sabiduría y lucidez pueden seguir ciegamente a este tipo de líderes. La fuerte necesidad de las personas de integrarse en algún grupo, y de reforzar su identidad a través de él, juega poderosamente a favor de este mecanismo (Aronson, Wilson y Arket, 2005). Un ejemplo a menudo comentado y especialmente dramático de todo esto fue el seguimiento masivo que tuvo un gran líder como Hitler (producto y víctima de sus propios complejos y carencias psicológicas personales), incluso por parte de personas supuestamente muy capacitadas e inteligentes. En la retrospectiva del tiempo, casi todos vemos con claridad (incluso muchos de aquellos mismos seguidores) el disparate y la ceguera de aquellas personas que, bajo convicciones profundas, dieron vida al nazismo y sus terribles consecuencias. Aventuro que mucho más adelante, en la retrospectiva del tiempo, casi todas las personas verán con claridad meridiana, como algo obvio, el disparate y la ceguera con que la masa dominante de nuestra sociedad contemporánea conduce sus vidas, fabrica a sus líderes, se deja guiar por ellos, extermina progresivamente su planeta y construye su propia infelicidad. Y siempre bajo convicciones profundas y aparentemente sensatas.

Pedro Jara Vera

Profesor de Psicología. Psicoterapeuta e impulsor de Regenera.

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