La mente conservadora hacia el colapso

La mayor parte de los estados del mundo están, y lo han estado siempre, dominados por políticas de carácter eminentemente conservador, pues incluso los gobiernos que supuestamente siguen planteamientos más progresistas no dejan de hacerlo de manera superficial respecto a los cambios sustanciales que implicarían un cambio de paradigma vital, y por tanto, no dejan de ser una manera suavizada de seguir planteamientos esencialmente conservadores. La psicología humana, una ciencia absolutamente infra-considerada en la resolución de los grandes problemas de la humanidad, hace perfectamente comprensible esta realidad, pues si bien las personas tenemos motivaciones naturales de libertad, de creatividad y de innovación, es un hecho que en la gran mayoría de individuos estas necesidades están relegas y subsumidas a una necesidad aún más básica y poderosa: la necesidad de seguridad, tanto física como psicológica.
La estructura de la mente humana, configurada evolutivamente en torno a una necesidad muy básica y prioritaria de seguridad psicológica, convierte a la emoción de miedo en la fuerza más poderosa que nos mueve, y nos mantiene así anclados a distintos tipos de estrategias para preservar las sensaciones de estabilidad, comodidad, certeza, control e identidad. Ello implica incluso el hecho de que mayoritariamente los movimientos creativos y transformadores se limitan dentro de un marco esencialmente conservador y no sustancialmente transformador, con reformas que contribuyen a preservar el sistema básico, como las reformas de una casa deficiente para evitar reconstruirla desde los cimientos. Los planteamientos usualmente considerados progresistas y transformadores no dejan de ser, en su mayoría, reformistas en este sentido enmarcado en la conservación básica. Es por esto que se dan aparentes paradojas y hechos llamativos como que los planteamientos económicos más liberales suelen ser a su vez los más moralmente conservadores y tradicionalistas, o que el propio liberalismo económico dominante no deje de ser la forma de conservar las estructuras tradicionales de jerarquía y estatus, competitividad y crecimiento sólo limitado por la capacidad tecnológica que mantienen su inercia desde épocas tribales (y por tanto desde mucho antes de los modernos mecanismos y estructuras capitalistas), o que sólo ante situaciones muy críticas y de necesidad límite el ser humano se vuelque de manera decidida por vías de transformación esenciales (cuando la casa ya se cae a pesar de todas las reformas).
Esto ocurre en el ámbito de la política y la economía tanto como en otras distintas facetas de vida del ser humano (por ejemplo, cambio de unas visiones religiosas a otras más modernas, suavizadas y pseudopsicologizadas, pero que mantienen la esencia de una mentalidad religiosa y especulativa), explicando de manera fundamental los múltiples tipos de autoengaños, negaciones, racionalizaciones, cortoplacismos e ilusionismos (sesgos en el conocimiento, en definitiva), y la elevada benevolencia con las estructuras y sistemas previamente establecidos que de manera constante se dan tanto a nivel individual como social. Estas tendencias en la naturaleza de la mente humana exasperan a menudo a quienes han llegado a constatar como evidente la necesidad de cambios profundos y hasta radicales en muchos aspectos de nuestros sistemas de vida, no sólo para que otras importantes necesidades humanas no queden tan multitudinariamente relegadas y frustradas (libertad y autonomía, realización auténtica de los talentos individuales, afectividad, equidad, apoyo social, contacto con la naturaleza …) sino también para que, incluso por ese mismo desequilibrio sistémico, la anhelada seguridad, estabilidad y control no queden completamente quebrados por el colapso del sistema global, es decir, el colapso de nuestro ecosistema tanto interno como externo, de recursos y necesidades del ser humano y de su biosfera (alteración profunda de los ecosistemas, cambio climático, agotamiento de recursos energéticos, hídricos…). Cualquier desequilibrio excesivo entre las partes de un sistema, ya sea mental, biológico, social, medioambiental… lleva al colapso del sistema total. Y muchos síntomas denotan ya la profundización en ese colapso que ocurre de manera progresiva y no inmediata.
Pero la alternativa deseable a una mente excesivamente dominada por la necesidad de seguridad, la alternativa a una mente descompensadamente conservadora, no puede ser por tanto la pretensión de un giro evolutivo hacia una mente radicalmente progresista, que ponga con el mismo error de desequilibrio los elementos de cambio por encima del cuidado a la seguridad y el control. La alternativa es un giro evolutivo hacia una mente esforzada por ajustarse al conocimiento, por superar sus propias vulnerabilidades al autoengaño y por aumentar ampliamente su marco de conciencia sistémica, tanto en el espacio como en el tiempo sobre los que actúa. Pues un dictado crucial del conocimiento es que la realidad funciona de manera sistémica. En tal sentido, el conocimiento dicta que es preciso desarrollar y actualizar nuestra seguridad, y asegurar nuestro desarrollo, para que tanto una cosa como la otra no colapsen en la ruptura del equilibrio sistémico. Sólo los planteamientos vinculados a una economía ecológica y a una ecología política contemplan esta realidad y responden a un conocimiento no fragmentado, ofreciendo direcciones esencialmente transformadoras desde la base paradigmática para garantizar nuestra seguridad mayoritaria y duradera, verdaderamente sostenible.
El creciente, grave y cada vez menos reversible deterioro de nuestros ecosistemas, de la biosfera que envuelve nuestra vida, es la manifestación más clara de la profundización en ese colapso por ruptura de todos nuestros equilibrios que la mente excesivamente conservadora sigue necesitando obviar para mantener su inercia. Por inalcanzable o hasta imposible que parezca no se vislumbra más solución, por tanto, que una profunda reeducación mayoritaria para reorientar la evolución de nuestra conciencia, de nuestro aparato psíquico, hacia un paradigma de funcionamiento diferente (basado en una conciencia sistémica, integradora, naturalista, científica)… o bien el cambio doloroso, traumático y siempre muy insuficiente ante el creciente e insoportable colapso manifiesto que nos empuje a regañadientes a dar un gran salto paliativo.
Seguimos debatiendo sobre ideologías más o menos pertinentes para la solución de los problemas de la humanidad, pero el primer paso en esa solución es asumir que la esencia de ésta no puede pasar por ninguna ideología, no al menos en lo que se refiere a los elementos centrales de la transformación, a sus principios o valores rectores. Sólo el conocimiento más ajustado posible a los hechos y a sus lógicas implicaciones puede ser una guía sensata, y en tal sentido existe una ética del conocimiento que trasciende las creencias y relativismos filosóficos, y que dicta grandes principios de transformación inapelables para el bienestar humano mayoritario y duradero. El debate y las opiniones caben en cuanto a las estrategias específicas más o menos apropiadas para servir a esos valores, pero no en cuanto a los grandes valores en sí, pues éstos vienen determinados por aquello que a tenor de las leyes de la realidad es preceptivo cuidar para la felicidad humana. No se trata por tanto de que todas las ideas y opiniones sean respetables, sino de entender que debemos trascender todas las ideas y opiniones; no se trata de establecer discusiones y luchas viscerales entre unas y otras visiones, sino del esfuerzo constante, templado y firme por informar y conocer. El adversario del conocimiento no es otra ideología diferente, sino la mera ignorancia, la desinformación y el desconocimiento, que acaban siempre atentando contra sí mismos. Aquí está el gran salto evolutivo en nuestra conciencia, y el cambio paradigmático en nuestros modos de vida.

Pedro Jara Vera
Socio impulsor de ReGenera
Psicoterapeuta. Profesor de Psicología en la Universidad de Murcia.
Autor de Adicción al Pensamiento AR (2016) y El Mundo Necesita Terapia (2013), editados por ReGenera Consciencia de Cambio.